Fin de juego

muneca-de-trapo

Lo confieso. La abandoné. No la perdí. La dejé deliberadamente. Es posible que adelantara los acontecimientos, pero qué otra cosa podía hacer. No fue más que eso. Adelantarlos. Sabía que tarde o temprano llegaría el momento y prefería ser yo quien diera el paso. Hacía tiempo que no jugaba con ella. ¿De qué servía alargar lo inevitable?

Aquella tarde se presentó la oportunidad y no la dejé pasar. Comparaba a la preadolescente Noemí de cabello negro y lacio con Sheila y su aspecto de niña, sus ricitos dorados y sus mejillas sonrosadas. Supe que sería la sustituta perfecta. Solo necesité un momento a solas y me marché con ella.

Jugué con la certeza de que Sheila no resistiría la tentación de llevarse del dormitorio de Noemí una muñeca como yo.

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