Los pequeños detalles

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Hace un tiempo estuve en la presentación de un libro de relatos cortos y durante la misma el autor comentó el modo en que está cambiando la forma de lectura. El modo de vida que llevamos casi nos exige lecturas tan rápidas como el ritmo que seguimos durante el día. No hay tiempo para el esparcimiento relajado y los relatos cortos son una forma de entretenernos leyendo, recibiendo una historia completa en apenas cinco minutos (y eso ya es mucho decir). Esta idea quedó relegada en algún rincón de mi cerebro que recientemente ha vuelto a ser activada revisando la novela para Club de lectura de la segunda quincena de noviembre, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, donde en su ficción distópica habla de cómo los clásicos se convirtieron en emisiones radiofónicas de quince minutos, después se transformaron en lecturas de dos minutos y finalmente convertidas en un resumen de diez o doce líneas. Esta novela fue escrita en 1953 y me sorprende, casi me asusta, el parecido de esa reflexión con nuestra actualidad.

Todo lo hacemos deprisa y corriendo. Buscamos el placer inmediato, rápido y sin contemplaciones y aplicamos esa ley para todos los aspectos de nuestra vida: nuestra forma de observar el mundo sin apenas detenernos a mirar de verdad, no tenemos tiempo para pensar o reflexionar sobre lo que sucede, vamos con prisas al trabajo, el colegio, incluso a las actividades de ocio (teatro, cine, deportes…), que consumimos sin permitir que nada de lo que hacemos deje su poso en nosotros. Sí, obtenemos el placer inmediato, pero nos privamos del placer que puede suponer dejar que lo que hacemos se asiente en nosotros dejándonos una huella que es perdurable en el tiempo. Al contrario, lo desechamos. Evidentemente si lo hacemos con nuestras propias vidas como no vamos a extrapolar esa forma de vivir a todo lo demás. Cuando queremos algo, lo queremos ya. Sin esperas de ningún tipo.

El otro día, viendo el programa de La 2 (Página 2) durante la entrevista a una de las autoras invitadas, me anoté el título de la novela de la que hablaban porque me llamó la atención y al día siguiente bajé a la librería de mi barrio y encargué la novela. Evidentemente no la tenía allí (no puede tener todas las del mundo) y evidentemente no puede hacer magia para que la traigan inmediatamente. Así que esperé pacientemente una semana a que llegase el encargo. Sí, podía haber ido a un gran centro comercial o a una de esas macrolibrerías-franquicias (que están muy bien, no digo que no) y conseguirla ya. Pero no lo hice. No hace falta. No tengo prisa. Si lo hubiera hecho habría descartado, sin ni siquiera haber llegado a darme cuenta, una de los placeres de mi vida, el que existe en el hecho de escoger una novela, encargarla en la librería y esperar su llegada. Siento que mi vínculo con ese libro se hace más personal. Hay algo de ritual en todo ese acto, resulta agradable y esa sensación es perdurable en el tiempo: durante la semana de espera primero, en el momento de tenerlo en mis manos, mientras lo leo y, después, cada vez que vuelvo a ver el lomo del libro o si lo vuelvo a leer, experimento ese placer que no ha sido sólo momentáneo.

No soy yo quién para decir cómo debe vivir cada uno su vida, pero creo que no nos vendría mal echar un poco el freno y disfrutar de todo lo que puede ofrecernos. Al fin y al cabo, la felicidad se encuentra en los pequeños detalles y, esos, sólo se pueden ver si nos paramos un momento a mirar.

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