Olvido habitado (Ganador del II Certamen literario de relato LETRAS I DIEZMO)

Mientras recorro las calles de la ciudad de mis hijas y mis nietas de camino a la panadería me siento traidora, desleal, ingrata. Entro y saludo a la dependienta, cuyo nombre desconozco. Ella me sonríe y, a pesar de que llevo un mes bajando cada día a por el pan, barra rústica la llaman, aún me pregunta qué quiero. No me gusta este pan. Sabe a corcho. A pesar de ello el aroma a recién hecho consigue evocar recuerdos pasados en esta memoria ajada, compuesta de retales a medio hilvanar. Yo antes cosía y mi madre hacía punto. Ahora todo me parece lana desmadejada, enredada y revuelta.
Camino por las calles de un barrio que no me pertenece. De regreso a casa no me cruzo con Fermín, el pastor, que anoche tuvo que atender a una de las ovejas mientras paría. Estas navidades me traerán un poco de cordero, seguro. Ni con Julia que se para a charlar conmigo y mete en mi bolsa un repollo que acaba de coger en su huerto. Le digo que se pase luego a por jabón, ayer hice y sé que le gusta cómo deja la ropa. Ni Luciana me saluda mientras limpia las mesas de la taberna, ni me pide que pase a tomar el vermut.
De camino a casa me cruzo con varias personas y ninguna ha dicho nada. Hoy vivo en una ciudad rodeada de miles de personas y, sin embargo, la soledad resuena por sus calles atestadas de gente, mientras el eco agonizante de otra vida reverbera entre las casas medio derruidas de un pueblo que intentó resistir hasta el último estertor. Hasta que el último de sus habitantes se marchó.
Hoy me siento traidora, desleal e ingrata.
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INVERSIÓN DE FUTURO

El cuerpo yacía inerte en el suelo. En su muñeca, los números parpadeantes del RetroReloj avanzaban de manera inexorable. Ella llevaba sentada al lado de él casi dos horas, controlando cada segundo que pasaba. <<No cambiaría nada>> se dijo comprobando su propio RetroReloj. Aunque podía hacerlo. Cualquier acción realizada en la última semana podía modificarse haciendo una Retro Corrección Temporal. Pero, no. Así es como debía de ser. Aunque los Protectores del Tiempo, con toda seguridad, no estarían de acuerdo. Por eso esperaba pacientemente a que pasaran las dos horas. De ese modo el RetroReloj de la víctima se apagaría y no podrían utilizarlo para volver hacia atrás, comprobar cómo había sucedido y evitarlo.

Si lo hicieran verían que, mientras él agonizaba, ella permanecía impasible de pie, sonriendo. Se preguntarían cuál habría sido el arma homicida y cómo habría sucedido el crimen. Retrocederían un poco más y, allí estaría ella, frente a la puerta de metacrilato del apartamento en la planta 1207 del bloque flotante KR6. Entrando en su casa, charlando con él y aprovechando el momento en el que se fue al baño para echarle algo en la copa. Pero ¿el qué?

Ahora sería su turno. Siendo culpable bajo sospecha podían pedirle su propio RetroReloj para revisar qué había hecho durante la última semana. No habría interrogatorios. Una imagen valdría más que mil palabras. Ella se lo entregaría, no podría negarse.

La verían comprar el cianuro en una vieja tienda de productos químicos en el suburbio terrestre de la ciudad veinticuatro horas antes. Los dos días previos al crimen, buscando información sobre distintos tipos de venenos en su casa. Añadirían los cargos de premeditación y alevosía. Se preguntarían por qué él. Retrocederían cinco días y los verían: a él bajando del aerovagón; a ella en el andén frente a la misma puerta. Y en el momento de cruzarse, algo había sucedido. Ella había dejado pasar el Deslizador Interurbano y lo había seguido fuera de la estación hasta un restaurante de comida liofilizada para llevar. Allí se le acercó. Charlaron. Se intercambiaron los códigos de acoplamiento de sus Comunicadores de Voz. Claramente era una depredadora.

Caso cerrado. La detendrían cinco días antes de cometer el crimen.

Pero nada de esto sería posible ya. Sonrió satisfecha. Acababan de pasar las dos horas. Los números en la muñeca de la víctima se apagaron. Ahora jamás sospecharían de ella. Ningún vínculo los unía. Eran dos completos desconocidos.

Nadie se molestaría en hacer un RetroViaje treinta años atrás, una época anterior al manejo del tiempo. Ella, una niña. Él, ya un adulto. Una presencia constante a la salida del colegio oculta detrás de los árboles en el parque. Una muñeca accidentalmente olvidada en un banco. Y el hombre que, amablemente, la rescata y la llama desde su árbol. El cebo atrae a la presa y cae fácilmente. <<¿Es tuya? Es muy bonita, como tú>>. Una sonrisa. Un lugar apartado de las miradas de otros adultos, otro cebo: granizado de fresa y, después, la oscuridad.

La luz blanca de un hospital y la madre que llora junto a la niña. Una niña sin recuerdos y magullada hasta el alma.

No. Nadie retrocedería tanto tiempo y, aunque lo hicieran, no podrían cambiar nada.

Vidas de una estación

VIDAS DE UNA ESTACIÓN

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Intentaba concentrarme en el guión que tenía delante. Antes de bajarme en mi parada debería haberme aprendido mis líneas para el casting al que me dirigía y, sin embargo, era incapaz de recordar una sola frase, ni siquiera era capaz de centrarme y leer las primeras palabras. El olor a ajo me llegaba a raudales de la mujer sentada a mi lado que se había subido hacía ya seis paradas y bloqueaba todos mis sentidos. Por más que subía el cuello de mi jersey su hedor era tan penetrante que la medida resultaba inútil. Vi un hueco vacío a varios asientos de distancia y como una pulga di un salto directa hacia su colonización. Desde allí, observé al ser que había perturbado mi estudio.

Era una mujer mayor con un moño de pelo canoso amarillento sujeto con horquillas. Tenía la mirada velada y parecía perdida en sus pensamientos. El abrigo ligeramente roído y unos zapatos viejos, aunque limpios, cobijaban un cuerpo que se intuía enjuto. No sonreía y, sin embargo, parecía divertirle algo. No tardé mucho en aventurarme a imaginar cómo era su vida. Fumadora empedernida y coleccionista de objetos. Viviría sola en una casa oscura y recargada. De carácter difícil, puede que de mano dura a juzgar por la rectitud de su posición. Muy posiblemente trabajó como gobernanta en una cárcel. Sí. Allí hay que hacerse respetar. No se puede andar una con chiquitas. Implacable. Puede que injusta. Se le fue la mano con alguna de las reclusas y supo sortear la justicia. Pero el paso del tiempo no perdona y ha hecho surco en ella. No hablo de arrepentimiento. No. No sería capaz de algo así. Es orgullosa. Por eso vive sola. Tiene lo que se merece.
Una voz anuncia la próxima estación y debo bajar. Ella también se levanta, con dificultad, y se agarra del asidero de la puerta. La percibo al lado y el olor vuelve a penetrar en mí. No siento pena por ella y me juro que no la ayudaré a bajar.
Las puertas se abren y una chica joven sonríe mientras extiende los brazos para facilitar el descenso de la gobernanta.
– Hola, abuela.
La mujer sonríe, besa a la chica y saca algo de su bolso.
– Te he hecho migas. Con mucho ajo como a ti te gustan.

Mientras me marcho a mi prueba la idea de la gobernanta me acompaña todo el camino y me pregunto qué habrá sido de ella.

Los pequeños detalles

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Hace un tiempo estuve en la presentación de un libro de relatos cortos y durante la misma el autor comentó el modo en que está cambiando la forma de lectura. El modo de vida que llevamos casi nos exige lecturas tan rápidas como el ritmo que seguimos durante el día. No hay tiempo para el esparcimiento relajado y los relatos cortos son una forma de entretenernos leyendo, recibiendo una historia completa en apenas cinco minutos (y eso ya es mucho decir). Esta idea quedó relegada en algún rincón de mi cerebro que recientemente ha vuelto a ser activada revisando la novela para Club de lectura de la segunda quincena de noviembre, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, donde en su ficción distópica habla de cómo los clásicos se convirtieron en emisiones radiofónicas de quince minutos, después se transformaron en lecturas de dos minutos y finalmente convertidas en un resumen de diez o doce líneas. Esta novela fue escrita en 1953 y me sorprende, casi me asusta, el parecido de esa reflexión con nuestra actualidad.

Todo lo hacemos deprisa y corriendo. Buscamos el placer inmediato, rápido y sin contemplaciones y aplicamos esa ley para todos los aspectos de nuestra vida: nuestra forma de observar el mundo sin apenas detenernos a mirar de verdad, no tenemos tiempo para pensar o reflexionar sobre lo que sucede, vamos con prisas al trabajo, el colegio, incluso a las actividades de ocio (teatro, cine, deportes…), que consumimos sin permitir que nada de lo que hacemos deje su poso en nosotros. Sí, obtenemos el placer inmediato, pero nos privamos del placer que puede suponer dejar que lo que hacemos se asiente en nosotros dejándonos una huella que es perdurable en el tiempo. Al contrario, lo desechamos. Evidentemente si lo hacemos con nuestras propias vidas como no vamos a extrapolar esa forma de vivir a todo lo demás. Cuando queremos algo, lo queremos ya. Sin esperas de ningún tipo.

El otro día, viendo el programa de La 2 (Página 2) durante la entrevista a una de las autoras invitadas, me anoté el título de la novela de la que hablaban porque me llamó la atención y al día siguiente bajé a la librería de mi barrio y encargué la novela. Evidentemente no la tenía allí (no puede tener todas las del mundo) y evidentemente no puede hacer magia para que la traigan inmediatamente. Así que esperé pacientemente una semana a que llegase el encargo. Sí, podía haber ido a un gran centro comercial o a una de esas macrolibrerías-franquicias (que están muy bien, no digo que no) y conseguirla ya. Pero no lo hice. No hace falta. No tengo prisa. Si lo hubiera hecho habría descartado, sin ni siquiera haber llegado a darme cuenta, una de los placeres de mi vida, el que existe en el hecho de escoger una novela, encargarla en la librería y esperar su llegada. Siento que mi vínculo con ese libro se hace más personal. Hay algo de ritual en todo ese acto, resulta agradable y esa sensación es perdurable en el tiempo: durante la semana de espera primero, en el momento de tenerlo en mis manos, mientras lo leo y, después, cada vez que vuelvo a ver el lomo del libro o si lo vuelvo a leer, experimento ese placer que no ha sido sólo momentáneo.

No soy yo quién para decir cómo debe vivir cada uno su vida, pero creo que no nos vendría mal echar un poco el freno y disfrutar de todo lo que puede ofrecernos. Al fin y al cabo, la felicidad se encuentra en los pequeños detalles y, esos, sólo se pueden ver si nos paramos un momento a mirar.

Ríos de asfalto

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El origen y desarrollo de las ciudades en sus inicios siempre estuvo fuertemente vinculado a los ríos. Sus valles fértiles permitían la agricultura, concentraban gran cantidad de fauna y su fuerza podía utilizarse como energía para el funcionamiento de molinos. Además servían como medio de conexión con otras ciudades por lo que favorecía el comercio y el intercambio cultural.

Es curioso (y a la vez triste) que en la actualidad el desarrollo y crecimiento de las ciudades se produzca también en torno a ríos pero, esta vez, de asfalto. Cuanto más cerca esté de una carretera principal, más crece una ciudad, y si de manera natural no hay agua u otros recursos, no importa, nosotros creamos vías que transporten el agua de su lugar de origen hasta donde queremos, e imponemos al entorno a adecuarse a nuestras necesidades.

Hemos pasado de adaptarnos nosotros al medio a adaptar el medio a nosotros y sólo cuando se producen catástrofes naturales nos lamentamos del error de habernos impuesto sobre la naturaleza. Quizá habría que pensarlo antes y no esperar a ver las consecuencias.

M. Deimos

CAMINO

camino

Esencia de un momento

mudo en mi boca,

vivo de nuevo

en los efluvios de un té.

Recuerdos volátiles,

frágiles serpenteos.

Cautivos,

reos de libertad efímera.

Humeante ilusión

que atrapa y envuelve.

Viaje en un sentido

a capítulos del ayer.

Aromas a bosque,

a camino mojado.

Huellas agotadas

imbatibles en el tiempo.

Almas hermanas de

sonrisas, canciones y llantos.

Unidas en el silencio

y el crepitar de las pisadas.

Refugio en una taza,

memoria balsámica.

olor añejo

de encuentros del pasado.

Tu recuerdo

BOBINA CINEMA

Atesoro recuerdos,
herencia de incalculable valor.
Imágenes proyectadas en mi retina
como fotogramas de un copión.
Momentos tuyos y míos
improvisados por los dos.
Guardados entre bambalinas
visible para un solo espectador.
Tú me los regalaste en vida
y me alimentan tras el telón.
Te bajaste del escenario…
para mí sigues vivo en nuestra función.