Literal

candado

– Aquí tiene, la llave de su casa.

Juan bajó la mirada hacia la palma de su mano y observó atónito la pequeña llave del candado de la puerta. No estaba seguro de cómo debía sentirse.

Habían pasado cuatro años y tres meses desde que denunció a la distribuidora de agua reclamando una vivienda después de que las obras para mejorar las tuberías desplazaran los cimientos de su antiguo hogar haciendo que el edificio se cayera a pedazos. Harto de un aplazamiento tras otro, su abogado había organizado una reunión con la distribuidora y le advirtió que si quería conseguir algo no debía ser demasiado ambicioso.

No buscaba un gran chalet de lujo. No hacía falta que los materiales fueran los más caros del mercado. Lo único que quería era una vivienda, un lugar para refugiarse, donde poder vivir. Pero aquello…

– Esto es…

– Exactamente lo que usted pidió: una construcción rústica pequeña de materiales pobres destinada a refugio o vivienda.

La defensa había hecho una interpretación libre y, en este caso, literal de las palabras de Juan, cumpliendo su deseo de tener… ¿una cabaña?

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Tentación

tentacion

Privada de la vista me sentía vulnerable pero también me excitaba.

– ¡Siéntate!

En otras circunstancias no le habría permitido hablarme así, pero en esta ocasión obedecí sonriendo.

– ¡No te rías!

Me agarró la barbilla más fuerte de lo normal.

– Dame tu mano.

Dudé durante unas décimas de segundo, suficiente para hacerle perder la paciencia. Colocó sobre mi palma la empuñadura de un cuchillo, me obligó a cogerlo y guiada por él, presioné el otro extremo contra algo que lentamente fue rasgándose.

– Esto no me gusta.

– ¡Cállate! Ahora echa la cabeza hacia atrás y abre la boca.

Me negué, pero fue inútil. Un líquido caliente rozó mi lengua. Mis papilas esperaban lo peor pero se encontraron con el dulce sabor del chocolate. Una risa fracturada y compulsiva se apoderó de mí mientras mi cuerpo no dejaba de temblar.

Se acabó lo de probar cosas nuevas.

Parálisis

paralisis

Cuando la mujer abre la puerta, me sorprendo a mí mismo observándola de pie, al otro lado del umbral, soportando el insistente viento helado que parece tener como propósito descolocar el único pelo de mi pelada cabeza y refrescar el ardiente rubor que siento en las mejillas. Quisiera pasar, esa era la idea, pero mis piernas no responden. Desearía que se me ocurriera algo ingenioso que decir y así desviar la atención centrada en mi absurda parálisis. Pero no se me ocurre y permanezco inmóvil hasta que ella, finalmente, cierra la puerta. Yo, continúo al otro lado, observando el llamativo cartel luminoso del sex shop.

Fin de juego

muneca-de-trapo

Lo confieso. La abandoné. No la perdí. La dejé deliberadamente. Es posible que adelantara los acontecimientos, pero qué otra cosa podía hacer. No fue más que eso. Adelantarlos. Sabía que tarde o temprano llegaría el momento y prefería ser yo quien diera el paso. Hacía tiempo que no jugaba con ella. ¿De qué servía alargar lo inevitable?

Aquella tarde se presentó la oportunidad y no la dejé pasar. Comparaba a la preadolescente Noemí de cabello negro y lacio con Sheila y su aspecto de niña, sus ricitos dorados y sus mejillas sonrosadas. Supe que sería la sustituta perfecta. Solo necesité un momento a solas y me marché con ella.

Jugué con la certeza de que Sheila no resistiría la tentación de llevarse del dormitorio de Noemí una muñeca como yo.

Instrucciones sobre la forma de tener miedo

miedo

En el momento en que oiga un ruido de origen desconocido en su hogar en mitad de la noche, tiene dos alternativas para asegurar la zona:

  1. Métase bajo las sábanas-escudo protectoras y aguarde a que el sueño regrese.
  2. Levántese de la cama, póngase las pantunflas, encienda el móvil (que deberá usarse a modo de linterna) para revisar todos y cada uno de los armarios de la casa. No olvide mirar debajo de la cama.

ADVERTENCIA:

¡Cuidado! Es posible que haya pelusas. ¡No se asuste!

Ilusiones

ilusion

Ahí estaba. Llevaba en la misma posición en la entrada desde que la había traído el mensajero a primera hora de la mañana. Mamá no había querido abrirla a pesar de mi insistencia. Caminé a su alrededor por decimonovena vez, guardando las distancias, por si acaso. No me había atrevido a cogerla así que desconocía su peso. Acerqué el oído. Nada.

No era muy grande… aunque un cachorrito podía caber dentro. Quizá estaba dormido y por eso no hacía ruido. Papá me prometió uno si me portaba bien y mi cumpleaños estaba cerca, solo quedaban siete meses. Sí, tenía el tamaño adecuado. No podía ser otra cosa.

Mamá se acercó y quitó el precinto mientras me miraba sonriente. yo también sonreí, pero por poco tiempo. Mi sonrisa se transformó en una mueca de decepción cuando vi que de la caja sacaba un jarrón.