Club de lectura febrero 2017

Estamos a punto de finalizar nuestro recorrido en El tren de los huérfanos y nos ha empezado a entrar hambre, por lo que lo primero que haremos nada más bajar del tren será comer algo. En el tren nos hicieron algunas sugerencias interesantes y ayer los miembros del Club estuvieron decidiendo cuál sería la más acertada. Las opciones fueron las siguientes:

Deseo de chocolate de Care Santos

Chocolat de Joanne Harris

Como agua para chocolate de Laura Esquivel

La cocinera de Himmler de Franz-Olivier Giesbert

Un cadáver entre plato y plato de Tom Hillenbrand

Hubo bastantes dudas al respecto, pero finalmente se decidieron por Como agua para chocolate.

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Club de lectura Enero 2017

Con un poco de retraso incluyo esta entrada me parece a mí.

El día 12 de enero nos reunimos los miembros del Club. Después de las navidades estuve dándole vueltas y decidí que podía ser buena idea comenzar este nuevo año haciendo un viaje. Así que con esas se lo planteé a los miembros del Club. Aún no sabemos hacia dónde nos llevará el viaje. Lo que teníamos claro era que cualquier viaje tiene un comienzo y decidimos que sería ideal coger un tren. Así pues barajamos opciones entre los siguientes:

Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie

Extraños en un tren de Patricia Highsmith

Extraños en el tren nocturno de Emily Barr

El tren de los huérfanos de Christina Baker Kline

Salió elegido El tren de los huérfanos.

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Club de lectura – Diario de un zombi (Sergi Llauguer)

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Ayer finalizamos Diario de un zombi de Sergi Llauger en el Club de lectura.

Como siempre disparidad de opiniones entre los miembros del Club, lo que hace los encuentros mucho más entretenidos.

SINOPSIS

Diario de un Zombi nos transporta a un mundo enterrado bajo las cenizas de la devastación, barrido por una pandemia de proporciones delirantes, donde el ser humano se ha extinguido casi por completo. Pero lo que hace diferente a esta historia es que los hechos están narrados desde una perspectiva muy peculiar. No en vano, el protagonista es un zombi, que por causas, de momento, desconocidas, conservó su conciencia después de su transformación. Tras unos primeros capítulos en los que se presenta al personaje, se empieza a desarrollar una historia de redención, de valores humanos y, sobretodo, de una insólita amistad, cuando el comportamiento frío, cínico e insociable de Erico, el protagonista, va cambiando asombrosamente después de conocer a una solitaria y misteriosa niña superviviente de 8 años de edad. Poco a poco, y a lo largo de una épica aventura juntos, Erico conseguirá conectar de nuevo con su lado más humano, recobrando aquellos recuerdos y sentimientos que no experimentaba desde los tiempos en los que la sangre corría con lozanía por sus venas. Diario de un zombi, ambientada gran parte en una Barcelona post-apocalíptica, ofrece al lector una agradable lectura que arrancará sonrisas y lágrimas por igual. Un soplo de aire fresco en el que el género se reinventa como jamás se hubiese podido imaginar.

MI OPINIÓN

Creo que Sergi ha sido original en sus propuesta para esta historia de zombis. El hecho de que el protagonista sea uno y que además no haya perdido la conciencia da un punto diferente a una trama que quizá, para mi gusto, está demasiado trillada. Como siempre, si no lo has leído y tienes intención de hacerlo, no sigas, es posible que revele cosas que no quieres saber.

Es una lectura amena, entretenida, de aventuras. Lo malo, que quizá es previsible. Ha recaído en los tópicos del género como son: virus causante del síndrome zombi, niña resistente al virus que es la salvación del mundo, modos de conseguir matar a un zombi de manera definitiva… Imagino que a los amantes de este género les gusta encontrarse con estos elementos conocidos en las novelas, pero yo esperaba (ya que su propuesta era diferente) que también hubiera sido original en estos aspectos. Peca bastante de rellenos innecesarios que podría haberse ahorrado (el principio donde habla de cómo vive Erico tras su conversión es divertida o interesante hasta un cierto punto. Llega un momento en el que quieres que empiece la historia y se alarga en exceso recreándose (presentando al protagonista). Incluye relatos que, en mi opinión no aportan nada a la historia y por supuesto al final (donde estás deseando que todo sea fluido) se excede de nuevo en descripciones demasiado extensas.

Esperaba que diera algún tipo de explicación a uno de los personajes que aparecen en la novela, los Arcángeles, pero nunca llegó. Tal como aparecen desaparecen y yo me quedé con la duda de ¿quién los creó? ¿quiénes eran esas personas que ahora eran mosntruos? ¿Eran personas?

Lo bueno, cómo describe los momentos de acción y sobre todo las escenas de Erico y Paula, son enternecedoras. Para mí éstas últimas son las mejores. Consigue atraparte en ellas y deseas que el tiempo se detenga.

En conclusión: no sería mi libro favorito pero se lee bien y es entretenido.

 

 

Club de lectura Diciembre 2016

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Este jueves mostré a los miembros del Club las siguientes imágenes para que me dijeran qué veían. Cabe preguntarse, ¿para qué? Dado que la temática que había guiado mi criterio de selección para las novelas del mes de diciembre eran los distintos puntos de vista narrativos, quise jugar un poco con ellos y mostrarles que los puntos de vista influyen a la hora de contar una historia.

Las novelas propuestas fueron:

  1. Crónica de una muerte anunciada – Gabriel García Márquez (Punto de vista de los testigos)
  2. El príncipe destronado – Miguel Delibes (Punto de vista de un niño)
  3. La ladrona de libros – Markus Zusak (Punto de vista de la muerte)
  4. Diario de un zombi – Sergi Llauger (Punto de vista de un zombi)

La novela elegida por los miembros del Club fue: Diario de un zombi.

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Club de lectura – Fahrenheit 451 (Ray Bradbury)

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Ayer finalizamos Fahrenheit 451 de Ray Bradbury en el Club de lectura, y nos dejó con un sabor agridulce.

SINOPSIS

Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento. El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidentes que aún conservan y leen libros.
Como 1984, de George Orwell, como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 describe una civilización occidental esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo.
La visión de Bradbury es asombrosamente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes y exhiben folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de música y noticias trasnmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas.

MI OPINIÓN

Debo decir que, en los últimos días, me he dado cuenta de que soy muy fan de la novela distópica y por eso, quizá, recomendé este libro en el Club. Pero también he sido consciente de que casi todas las novelas distópicas que he leído no tienen un final feliz, pero hasta ayer no había registrado ese dato en mi cabeza.

La idea de Ray Bradbury es asombrosamente profética como dice en la sinopsis. No sólo por la aparición de pantallas de televisión planas que pueden atolondrarnos, sino también por el alienamiento en el que vive esa sociedad, la presencia de cajeros automáticos abiertos las veinticuatro horas, o su versión de un móvil con manos libres. Siempre que una lee este tipo de novelas le agrada ver que dentro de ese mundo creado por el autor, hay alguien que parece despertar de su letargo para luchar en contra. En este caso lo que me ha resultado más interesante es analizar los comportamientos de otros personajes que no son el protagonista y ver que ellos son también ese tipo de personas que saben que algo va mal: Beatty, Mildred o la señora Phelps (en mi opinión, claro está, esto no lo dice explícitamente el autor) viven con cierto desasosiego. Saben que falta algo, que están sometidos, que realmente no son felices aunque deberían serlo, pero lamentablemente no llegan a dar el paso, para rebelarse, por miedo. Ni siquiera Beatty, en el que teníamos puestas todas nuestras esperanzas llega a nada. Sólo consigue que Montag despierte del todo. Faber lo ayuda, pero tampoco hace nada concreto. Los “vagabundos” que son los que más claramente ven que el sistema está corrupto, aguardan escondidos en los bosques a la espera. ¿A la espera de qué? No accionan. Son pasivos. Y el supuesto héroe, que tiene muy pocas luces para saber qué es lo más adecuado en cada momento, se limita a recibir órdenes y acatarlas. Pasa de un bando a otro cumpliendo la misma misión (quizá en este caso con un poco más de criterio que antes). Y aunque se nos dice, casi al final del libro, que si recordamos evitaremos cometer los mismo errores, la experiencia nos ha enseñado que el ser humano tropieza dos veces (o doscientas) en la misma piedra y que la historia parece cíclica, alternanto momentos de lucidez y oscuridad.

Conste que esta visión tan negativa no me la llevé la primera vez que la leí. Quizá porque no compartí impresiones ni me detuve a analizarlo ahora en el Club.

 

Club de lectura – Ácido sulfúrico (Amélie Nothomb)

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Durante esta primera quincena de noviembre nos hemos adentrado en el peculiar mundo de Amélie Nothomb (mundo complejo y extraño, quizá a veces hermético y que puede provocarnos cierto rechazo). Las lecturas de sus textos crean eso: rechazo o atracción. Así es ella. Sus novelas se caracterizan por pasar por encima de la trama principal porque es una excusa para lo que realmente quiere hacer: ponernos delante todo eso que no nos gusta del ser humano. Con su Ácido sulfúrico no podía ser diferente.

Entre los miembros del Club ha habido opiniones dispares: gusta o no gusta.

SINOPSIS

El último grito en programas televisivos de entretenimiento se llama «Concentración». Por las calles de París se recluta a los participantes de este reality show, que serán trasladados al plató en vagones precintados como los que trasportaban a los judíos durante el exterminio nazi y, después, internados en un campo. Ante las cámaras de televisión, los prisioneros son golpeados y humillados. El clímax llega cada semana, cuando los telespectadores ejercen el televoto: desde sus casas pueden eliminar-ejecutar a uno de los participantes. Pannonique, una estudiante de gran belleza, es reclutada. Zdena, una mujer sin empleo, se enamora de ella. Una pareja fatal: la víctima y el verdugo. Cuando la audiencia tiene que votar sale a la luz el sadismo inconsciente del público que deplora el horror pero es incapaz de perderse una entrega. Una historia que sirve como crítica de un mundo brutal y crudo de hipocresía biempensante: un mundo en el que incluso la denuncia del sistema pertenece al sistema.

MI OPINIÓN

Como siempre, voy a dar mi humilde opinión acerca de esta novela. Y como siempre, si no has leído la novela y tienes pensado hacerlo, deja de leer en este momento porque voy a hablar del final y puede que no lo quieras saber.

La peculiaridad de esta novela (y este es principal motivo por el que suele provocar rechazo) es el hecho de que no parece una novela, sino más bien el esquema de una novela. Parece que la autora hubiera dejado por escrito el resumen y las pinceladas de una historia que podría ser más extensa y ahondaría en ciertos aspectos de los personajes, de la sociedad en la que viven o de situaciones que surjen. Pero eso no sucede. Al contrario de lo que cabe esperarse, la trama en sí de la novela es algo secundario, porque en este caso tiene más fuerza la idea que quiere mostrarnos la autora que en sí la capacidad narrativa. Es una excusa para ponernos delante un espejo y ver en él el reflejo de lo que es su visión de la sociedad: hipócrita, morbosa… con un final que invia a la esperanza: quizá no esté todo perdido y podamos cambiar.

En este punto no puedo dejar de pensar en el personaje de Zdena y si éste no será sino una metáfora de esta sociedad de la que nos habla la autora. Una sociedad que en respuesta al maltrato al que se ha visto sometida, devuelve los golpes a palos, mira sólo sus propios intereses y cometerá las injusticias que considere necesarias para conseguirlos pero que, finalmente, de algún modo consigue abrir una puerta que le permite ver las cosas desde otro punto de vista: que hay una alternativa y se puede cambiar, que no todo está perdido ni estamos abocados al fracaso como quizá nos hacen creer.

Creo que su lectura ha sido enriquecedora porque se ha hablado de muchos temas acerca de la sociedad y nos hemos atrevido a ser sinceros y ver que nosotros formamos parte de esa sociedad y no somos elementos externos cuyas acciones no influyen. Todos influimos y nuestro comportamiento a veces es cobarde, injusto, hipócrita, morboso… Lo importante es ser consciente de ello para poder empezar a cambiarlo.

 

Los pequeños detalles

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Hace un tiempo estuve en la presentación de un libro de relatos cortos y durante la misma el autor comentó el modo en que está cambiando la forma de lectura. El modo de vida que llevamos casi nos exige lecturas tan rápidas como el ritmo que seguimos durante el día. No hay tiempo para el esparcimiento relajado y los relatos cortos son una forma de entretenernos leyendo, recibiendo una historia completa en apenas cinco minutos (y eso ya es mucho decir). Esta idea quedó relegada en algún rincón de mi cerebro que recientemente ha vuelto a ser activada revisando la novela para Club de lectura de la segunda quincena de noviembre, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, donde en su ficción distópica habla de cómo los clásicos se convirtieron en emisiones radiofónicas de quince minutos, después se transformaron en lecturas de dos minutos y finalmente convertidas en un resumen de diez o doce líneas. Esta novela fue escrita en 1953 y me sorprende, casi me asusta, el parecido de esa reflexión con nuestra actualidad.

Todo lo hacemos deprisa y corriendo. Buscamos el placer inmediato, rápido y sin contemplaciones y aplicamos esa ley para todos los aspectos de nuestra vida: nuestra forma de observar el mundo sin apenas detenernos a mirar de verdad, no tenemos tiempo para pensar o reflexionar sobre lo que sucede, vamos con prisas al trabajo, el colegio, incluso a las actividades de ocio (teatro, cine, deportes…), que consumimos sin permitir que nada de lo que hacemos deje su poso en nosotros. Sí, obtenemos el placer inmediato, pero nos privamos del placer que puede suponer dejar que lo que hacemos se asiente en nosotros dejándonos una huella que es perdurable en el tiempo. Al contrario, lo desechamos. Evidentemente si lo hacemos con nuestras propias vidas como no vamos a extrapolar esa forma de vivir a todo lo demás. Cuando queremos algo, lo queremos ya. Sin esperas de ningún tipo.

El otro día, viendo el programa de La 2 (Página 2) durante la entrevista a una de las autoras invitadas, me anoté el título de la novela de la que hablaban porque me llamó la atención y al día siguiente bajé a la librería de mi barrio y encargué la novela. Evidentemente no la tenía allí (no puede tener todas las del mundo) y evidentemente no puede hacer magia para que la traigan inmediatamente. Así que esperé pacientemente una semana a que llegase el encargo. Sí, podía haber ido a un gran centro comercial o a una de esas macrolibrerías-franquicias (que están muy bien, no digo que no) y conseguirla ya. Pero no lo hice. No hace falta. No tengo prisa. Si lo hubiera hecho habría descartado, sin ni siquiera haber llegado a darme cuenta, una de los placeres de mi vida, el que existe en el hecho de escoger una novela, encargarla en la librería y esperar su llegada. Siento que mi vínculo con ese libro se hace más personal. Hay algo de ritual en todo ese acto, resulta agradable y esa sensación es perdurable en el tiempo: durante la semana de espera primero, en el momento de tenerlo en mis manos, mientras lo leo y, después, cada vez que vuelvo a ver el lomo del libro o si lo vuelvo a leer, experimento ese placer que no ha sido sólo momentáneo.

No soy yo quién para decir cómo debe vivir cada uno su vida, pero creo que no nos vendría mal echar un poco el freno y disfrutar de todo lo que puede ofrecernos. Al fin y al cabo, la felicidad se encuentra en los pequeños detalles y, esos, sólo se pueden ver si nos paramos un momento a mirar.