Jane Eyre (Charlote Brontë)

Nuestra lectura de febrero fue Jane Eyre de Charlote Brontë.

De Jane Eyre (1847), ciertamente una de las novelas más famosas de estos dos últimos siglos, solemos conservar la imagen ultrarromántica de una azarosa historia de amor entre una institutriz pobre y su rico e imponente patrón, todo en el marco truculento de una fantasmagoría gótica. Y olvidamos que, antes y después de la relación central con el volcánico señor Rochester, la heroína tiene otras relaciones, otras historias: episodios escalofriantes de una infancia tan maltratada como rebelde, años de enfermedad y aprendizaje en un tétrico internado, inesperados golpes de fortuna, e incluso remansos de paz familiar y nuevas -aunque engañosas- proposiciones de matrimonio. Olvidamos, en fin, que la novela es todo un libro de la vida, una confesión certera de un completo itinerario espiritual, y una exhaustiva ilustración de la lucha entre conciencia y sentimiento, entre principios y deseos, entre legitimidad y carácter, de una mujer que es la «llama cautiva» entre los extremos que forman su naturaleza.

¡Feliz lectura!

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Black, black, black (Marta Sanz)

Nuestra lectura de enero fue Black, black, black de Marta Sanz.

Black, black, black es una espléndida novela negra que puede leerse como tal, pero también, y sobre todo, como otra cosa, puesto que Marta Sanz nos propone una lectura insurgente sobre la violencia del sistema, sobre su imperfección, un relato donde la idea del crimen como resultado de la fricción social, de algo más terrible que las patologías, abre la posibilidad de una investigación psicológica que profundice en las relaciones de causa y efecto y no se base sólo en las pruebas de laboratorio y en las mesas de los forenses. Se trata, pues, de una ficción donde la violencia inexplicable acaba ajustándose al razonamiento lógico y lo “imperceptible” sale a la luz con toda la potencia que tiene lo siniestro, ese “siniestro familiar” del que hablaba Freud. Y ésta es la concepción, política y retórica, que sustenta esta novela policíaca inteligente, divertida y subversiva.

¡Feliz lectura!

El señor de las moscas (William Golding)

Nuestra lectura del mes de diciembre fue El señor de las moscas de William Golding.

Fábula moral acerca de la condición humana, El Señor de las moscas es además un prodigioso relato literario susceptible de lecturas diversas y aun opuestas. Si para unos la parábola que William Golding estructura en torno a la situación límite de una treintena de muchachos solos en una isla desierta representa una ilustración de las tesis que sitúan la agresividad criminal entre los instintos básicos del hombre, para otros constituye una requisitoria moral contra una educación represiva que no hace sino preparar futuras explosiones de barbarie cuando los controles se relajan.

¡Feliz lectura!

Ganador I Certamen de relato del Taller de Escritura Creativa de Librería Bravo (Turno de tarde)

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Hemos hecho entrega en esta semana, como homenaje al Día del Libro, del premio a los relatos ganadores del I Certamen de relato del Taller de Escritura Creativa de Librería Bravo.

Se propuso a los alumnos del taller, tanto del turno de tarde como de mañana, que escribieran un relato de como máximo 600 palabras cuyo tema fuera: escribe una historia que transcurra en una escalera mecánica.

Los relatos del turno de tarde han sido valorados por los alumnos de la mañana y viceversa como un modo de aprendizaje más en la escritura creativa.

El ganador del taller de la tarde ha sido Mario Serrano con su relato Máquinas que ha destacado por su originalidad. Enhorabuena Mario.

La ganadora del taller de la mañana ha sido Yolanda Fuertes con su relato Atracción fatal destacando su manera de describir, tan visual. Enhorabuena Yolanda.

A continuación podéis leer los relatos ganadores.

MÁQUINAS
(Mario Serrano)

No tengo conciencia de cuando me instalaron, pero en el momento de poner mi motor en marcha, tuve una extraña sensación que recorrió todos mis sistemas eléctricos y engranajes.
A los pocos días de comenzar a funcionar, ya conocía a mis escalones, los pasamanos, todas las luces que mi equipo tenía, cuál era su cometido y que el sentido para el que me habían programado era ascendente.
Después de un breve periodo de tiempo en el que me fueron haciendo pruebas para comprobar mi perfecto movimiento, comencé a prestar mi servicio soportando bultos de diversos pesos, y me liberaba de los mismos, cuando mis peldaños se escondían entre los dientes del final de mi estructura para volver a salir por el principio y recoger más masas de distinto grosor y tamaño.
Intuía que mi trabajo iba a convertirse en una eterna rutina solo interrumpida por unas horas de descanso, pero este presentimiento cambió drásticamente cuando, poco a poco, me fui percatando de que los volúmenes que diariamente portaba, eran totalmente distintos unos de otros, y que, dependiendo de la manera en que accedían a mí y como se comportaban en el
ascenso, me transmitían percepciones distintas.
Me di cuenta de que cada uno de ellos era autónomo aunque a veces subieran en grupos muy cerca unos de otros.
Ahora, en mayor o menor medida, tengo cifrados a la mayoría de los entes que porto a diario, aunque desconozco si poseen motores como yo y se alimentan de fuentes galvánicas.
Hay algunos que nada más ponerse encima de alguno de mis estribos, no esperan a que este les lleve hasta el final, y sin respetar mi trayectoria, suben por si solos con rapidez ignorando mi programado itinerario.
Otros son solitarios, pesados, secos y dan la sensación de no querer llegar nunca a su destino. Varios de éstos, al cabo de un breve tiempo vuelven a posarse en mi suelo metálico y repiten el camino una y otra vez produciendo alteraciones en mis circuitos que ralentizan mi marcha.
Todo lo contrario me sucede con los que van tan juntos uno del otro, que parecen una sola carga. La energía que me nutre se dispara, y aunque ellos no se dan cuenta, acelero el desplazamiento hasta hacer que salten algunas chispas dentro de mi carcasa y la grasa que cubre mis piezas se vuelve más fluida y liviana.
Pero lo cierto es que me siento en la obligación de conocerlos y atender sus necesidades según yo las percibo a través de lo que ellos me transmiten.
Me llama la atención su singularidad y por este motivo estoy segura de que son una especie muy distinta a nosotras, las máquinas.
Se ha convertido en una obsesión estudiar sus movimientos, que contrarios a los míos, son libres e impredecibles.
También me interesan los ruidos que emiten, distintos, con diversos tonos y matices, y que sospecho, les sirven para comunicarse o relacionarse.
Mi objetivo, una vez conocidos en su totalidad, será establecer una especie de relación que nos permita interactuar si nuestros órganos son compatibles.
Viene de nuevo la herramienta que me ajusta, engrasa y cambia las piezas gastadas.
Hoy, por primera vez desde que estoy conectada, son dos las que vienen a revisarme y, sorprendentemente mis sensores detectan sonidos similares a los que percibo a diario encima de mí.
Tengo que aprovechar su cercanía en mi interior. Es mi oportunidad para iniciar el contacto con ellos. Ahora que manejan al unísono mis cables de alta tensión, lanzaré una fuerte descarga eléctrica, estando muy atenta a su reacción.
Creo que hoy, dejaré de ser máquina.

ATRACCIÓN FATAL

(Yolanda Fuertes)

Noa aun jadeaba cuando alcanzó la escalera mecánica. La carrera hasta la parada de metro no le había servido de nada, estaba empapada de la cabeza a los pies. Posó la mano sobre la goma negra de la barandilla y resaltaba como si fuese de mármol. No había manera de ponerse morena en Donostia. Arrugó la nariz, molesta por el olor a humedad, polvo y humanidad que apestaba el metro en hora punta los días de lluvia. Es decir, casi todos.

Lo divisó nada más empezar a bajar, al comienzo del tramo de subida y comenzó a calcular el tiempo que tardarían en cruzarse a mitad de camino. El periódico decía que las escaleras mecánicas de la estación de Intxaurrondo eran las más largas de España. Podría ser, desde luego eran las más lentas, era como bajar al inframundo a paso de caracol.

No era descaradamente guapo, pero tenía algo especial que la hipnotizaba cada mañana. Siempre a la misma hora como un reloj. Las gafas le daban un aire intelectual, con la nariz siempre metida en algún libro, levantaba la vista en el momento preciso en que se cruzaban en algún punto de la estación.  Después volvía irremediablemente a su lectura.

Recordó de golpe la que le había caído encima hacía unos minutos. Se imaginó a sí misma, con el pelo pegado a la cara, la piel lechosa aún húmeda reluciendo como el sol bajo la luz del fluorescente, y el rímel…no quería ni pensar en el rímel. Lo único que había ganado con el chapuzón era la camiseta blanca que, pegada al cuerpo como una segunda piel, resaltaba hasta el más mínimo detalle, para alegría del viejo verde que la precedía.

Decidió que no era el mejor día para utilizar su poder de seducción, así que se agachó ligeramente, para ocultarse tras la nutrida y rebosante señora que taponaba el carril izquierdo de la escalera, antes de que el anónimo ratón de biblioteca pasase a su altura.

Satisfecha de la maniobra, sintió un tirón en su falda, que casi le cubría los pies. Ligero al principio, enérgico después. A punto estuvo de soltarle una bofetada al jubilado lascivo que no le quitaba ojo, cuando reparó horrorizada en que la falda quedó atrapada en el lateral del escalón. ¿Cómo era posible? Noa tiraba con fuerza en la dirección opuesta, pero sus esfuerzos eran en vano. La falda comenzó a bajar por sus caderas, lechosas pero esculturales, ante la mirada atónita y lasciva, respectivamente, de la señora gruesa, y el viejo. Varios viajeros la encañonaban ya con sus móviles. Sin duda sería la nueva sensación en YouTube, antes de la hora de comer. Pensó, pensó, pensó, pero no se le ocurrió cómo pararlo. Para cuando el anónimo objeto de deseo de Noa alcanzó la parte media de la escalera, la falda ya caía por la mitad del muslo, su tanga se había hecho viral, y los viajeros de ambos sentidos, disfrutaban del espectáculo.

El chico había guardado el libro, y desaparecido escaleras arriba, abriéndose paso entre los mirones. Huía, no podía reprochárselo. Sintió la pérdida, para siempre sin duda, pero en ese momento era el menor de sus problemas.

Llegó al final de la escalera, y la falda, que había sobrepasado ya la frontera de las rodillas, desapareció definitivamente entre el engranaje para no volver.

Sin embargo, entre las pecas de su cara asomaba una enorme y agradecida sonrisa. Nuestro desconocido amigo, volvió a bajar por el tramo central de escalera, tan rápido como pudo, y la esperaba con los brazos abiertos, para envolverla tiernamente en su chubasquero.

 

Olvido habitado (Ganador del II Certamen literario de relato LETRAS I DIEZMO)

Mientras recorro las calles de la ciudad de mis hijas y mis nietas de camino a la panadería me siento traidora, desleal, ingrata. Entro y saludo a la dependienta, cuyo nombre desconozco. Ella me sonríe y, a pesar de que llevo un mes bajando cada día a por el pan, barra rústica la llaman, aún me pregunta qué quiero. No me gusta este pan. Sabe a corcho. A pesar de ello el aroma a recién hecho consigue evocar recuerdos pasados en esta memoria ajada, compuesta de retales a medio hilvanar. Yo antes cosía y mi madre hacía punto. Ahora todo me parece lana desmadejada, enredada y revuelta.
Camino por las calles de un barrio que no me pertenece. De regreso a casa no me cruzo con Fermín, el pastor, que anoche tuvo que atender a una de las ovejas mientras paría. Estas navidades me traerán un poco de cordero, seguro. Ni con Julia que se para a charlar conmigo y mete en mi bolsa un repollo que acaba de coger en su huerto. Le digo que se pase luego a por jabón, ayer hice y sé que le gusta cómo deja la ropa. Ni Luciana me saluda mientras limpia las mesas de la taberna, ni me pide que pase a tomar el vermut.
De camino a casa me cruzo con varias personas y ninguna ha dicho nada. Hoy vivo en una ciudad rodeada de miles de personas y, sin embargo, la soledad resuena por sus calles atestadas de gente, mientras el eco agonizante de otra vida reverbera entre las casas medio derruidas de un pueblo que intentó resistir hasta el último estertor. Hasta que el último de sus habitantes se marchó.
Hoy me siento traidora, desleal e ingrata.

INVERSIÓN DE FUTURO

El cuerpo yacía inerte en el suelo. En su muñeca, los números parpadeantes del RetroReloj avanzaban de manera inexorable. Ella llevaba sentada al lado de él casi dos horas, controlando cada segundo que pasaba. <<No cambiaría nada>> se dijo comprobando su propio RetroReloj. Aunque podía hacerlo. Cualquier acción realizada en la última semana podía modificarse haciendo una Retro Corrección Temporal. Pero, no. Así es como debía de ser. Aunque los Protectores del Tiempo, con toda seguridad, no estarían de acuerdo. Por eso esperaba pacientemente a que pasaran las dos horas. De ese modo el RetroReloj de la víctima se apagaría y no podrían utilizarlo para volver hacia atrás, comprobar cómo había sucedido y evitarlo.

Si lo hicieran verían que, mientras él agonizaba, ella permanecía impasible de pie, sonriendo. Se preguntarían cuál habría sido el arma homicida y cómo habría sucedido el crimen. Retrocederían un poco más y, allí estaría ella, frente a la puerta de metacrilato del apartamento en la planta 1207 del bloque flotante KR6. Entrando en su casa, charlando con él y aprovechando el momento en el que se fue al baño para echarle algo en la copa. Pero ¿el qué?

Ahora sería su turno. Siendo culpable bajo sospecha podían pedirle su propio RetroReloj para revisar qué había hecho durante la última semana. No habría interrogatorios. Una imagen valdría más que mil palabras. Ella se lo entregaría, no podría negarse.

La verían comprar el cianuro en una vieja tienda de productos químicos en el suburbio terrestre de la ciudad veinticuatro horas antes. Los dos días previos al crimen, buscando información sobre distintos tipos de venenos en su casa. Añadirían los cargos de premeditación y alevosía. Se preguntarían por qué él. Retrocederían cinco días y los verían: a él bajando del aerovagón; a ella en el andén frente a la misma puerta. Y en el momento de cruzarse, algo había sucedido. Ella había dejado pasar el Deslizador Interurbano y lo había seguido fuera de la estación hasta un restaurante de comida liofilizada para llevar. Allí se le acercó. Charlaron. Se intercambiaron los códigos de acoplamiento de sus Comunicadores de Voz. Claramente era una depredadora.

Caso cerrado. La detendrían cinco días antes de cometer el crimen.

Pero nada de esto sería posible ya. Sonrió satisfecha. Acababan de pasar las dos horas. Los números en la muñeca de la víctima se apagaron. Ahora jamás sospecharían de ella. Ningún vínculo los unía. Eran dos completos desconocidos.

Nadie se molestaría en hacer un RetroViaje treinta años atrás, una época anterior al manejo del tiempo. Ella, una niña. Él, ya un adulto. Una presencia constante a la salida del colegio oculta detrás de los árboles en el parque. Una muñeca accidentalmente olvidada en un banco. Y el hombre que, amablemente, la rescata y la llama desde su árbol. El cebo atrae a la presa y cae fácilmente. <<¿Es tuya? Es muy bonita, como tú>>. Una sonrisa. Un lugar apartado de las miradas de otros adultos, otro cebo: granizado de fresa y, después, la oscuridad.

La luz blanca de un hospital y la madre que llora junto a la niña. Una niña sin recuerdos y magullada hasta el alma.

No. Nadie retrocedería tanto tiempo y, aunque lo hicieran, no podrían cambiar nada.

El útero nimio

Ayer estuve el la representación teatral de la pieza El útero nimio (texto de Fernando Atienza e interpretada por Conchi del Olmo). Maravillosa y a la vez angustiosa, texto y actriz consiguen sumergirte en la experiencia de esta mujer durante el parto. Una experiencia inolvidable y no en el buen sentido.

Momentos de indignación y sorpresa. Sí, porque visto así, en crudo, analizándolo sin dejarlo pasar por encima, evaluando cada uno de los instantes, una se da cuenta de que no es normal. No es, y no deberíamos asumir como normal la violencia obstétrica. Es de agradecer que existan piezas como esta, que nos invitan a reflexionar y nos quitan la venda sobre un tema que permanece a día de hoy silenciado, oculto, disfrazado de normalidad por el proceder médico y el miedo. Porque el miedo es una de las piezas clave. Nuestro desconocimiento ante los riesgos reales durante el parto llevan a muchas mujeres a aceptar cualquier cosa durante él, aún en detrimento de su propio bienestar. Todo por el bien del bebé que viene en camino. Pero debemos tener en cuenta que no todo vale, que hay otras opciones. Deberíamos poder elegir cómo parir.

No estoy en contra de la profesión médica. En absoluto. Mi análisis después de lo visto ayer nada tiene que ver con eso. Tiene que ver con la deshumanización que se hace de la mujer durante ese proceso vital. Ya no solo es la violencia física y fría a la que puedes verte sometida. Es la violencia verbal, insidiosa, que profundiza dentro, muy hondo de ti, calando a través de todos tus poros, reduciéndote a algo nimio. Tú no cuentas, tú no vales, tú no sabes, tú te callas.

Son nuestros cuerpos y nosotras somos las que viviremos después con él. Tenemos derecho a decidir qué se hace o no en él.

Ayer Conchi fue todas esas mujeres que en silencio, a día de hoy, siguen sufriendo esta violencia silenciada. Gracias por darles voz.